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Los Susurros de la Sierra

Posted on Jun 02 in Destacados, Editorial, Portadaby Souldes MaestrePrintText Resizer Text Resizer

Un par de pasajes terrestres en la terminal del Norte de Medellín con destino a Valledupar,  la escena cliché de un cigarrillo y un café antes de iniciar el largo viaje.  Un par de pastillas para el mareo y la despedida clásica por la ventana del bus, luego la sensación angustiosa del  episodio inaugural de temporada de esta historia, una sacudida emocional más comúnmente conocida como ansiedad.

Los dedos de mi mano derecha en un movimiento involuntario dibujaban  formas abstractas en el vidrio de la ventana, el aire acondicionado por momentos parecía implacable a pesar del par de chaquetas y la bufanda, nuevamente el sentimiento de hipotermia. La música fiel al momento poético de las gotas de lluvia contra la ventana y en el fondo pinceladas al mejor estilo de Vincent Van Gogh y sus  noches estrelladas.

Después de 12 horas de viaje y un par de recesos para estirar las piernas llegamos a Valledupar a las 5:30 de la mañana, a diferencia del bus y a pesar de la hora el clima comenzaba a volverse  despiadadamente caluroso. No conocíamos la ciudad y aún no teníamos dónde hospedarnos. De Valledupar sólo conocíamos  los Vallenatos, teníamos antecedentes del calor y sabíamos de la sabrosura y alegría de su gente. Finalmente,  mi compañera de viaje hurgó en los bolsillos de su maleta hasta encontrar un papelillo ajado con un número telefónico.

Abordamos un taxi, después de la llamada ya sabíamos en qué lugar de Valledupar estábamos y que ruta debíamos seguir hasta llegar a la casa de Doña Doris, una señora pariente de una amiga de la universidad que se ofreció a recibirnos. El ofrecimiento no fue en vano, al llegar nos acogió como un par de hijos más.

A las 10 de la mañana, después de descansar un rato, salimos a explorar la ciudad antes de llegar a Atánquez, nuestro destino final. Paseamos por las calles del centro, el mercado, la plaza Alfonso López, y el obligado paseo al balneario  de “Hurtado” en las afueras de la ciudad, allí conocimos  Valledupar en su inconfundible esplendor.

La mañana siguiente comenzó muy temprano para nosotros, teníamos que dejar un par de asuntos pendientes antes de viajar a Atánquez, tomamos un taxi que nos llevó a “La casa indígena”, allí nos darían algunas recomendaciones antes de llegar al resguardo. Ese mismo día, en ese mismo lugar conocimos  a Arianis Gutiérrez, quien se convertiría en nuestra acompañante. Con ella concretamos el sitio y la hora de la salida.

La calle donde esperamos la van exprés modelo ’78 que nos llevaría al resguardo, tenía un toque circense,  una fusión musical  permanente e inimaginable. Se distinguían de forma clara algunos indígenas de la tribu Arahuaca con sus poporos en mano y una gesticulación inquebrantable en sus mandíbulas. Los Kankuamos indígenas nativos de Atánquez, vestían  de forma cotidiana, difícilmente se les reconocería por sus vestiduras, sin embargo, la infaltable mochila de fique típica de su región se convertía en una delatante particularidad.

Jenifer Palacios

Distinguimos a Arianis entre la gente de la concurrida calle, venía acompañada de dos personas más, Walter uno de los productores del canal y Juliana una practicante que se encontraba en la zona realizando algunos trabajos con grupos focales, ella nos recomendó comer algo antes del viaje, pues a veces resultada un poco agotador.

El viaje transcurrió con tranquilidad, las oportunas sillas triples de la van nos permitieron el acompañamiento de Arianis durante la hora y media de viaje, y sería clave; pues quién mejor que ella para contarnos las    historias de esa cultura que tanto nos había cautivado meses atrás. El viaje continúo entre el tono bajo pero agradable de Arianis y los paisajes áridos que se vislumbraban entre los vidrios polarizados y las viejas cortinas púrpuras de la van. A medida que avanzábamos el clima comenzaba a tornarse mucho más generoso, el sol menos implacable que en Valledupar y posteriormente Atánquez, como dicen sus habitantes, “Tierra Hermosa”.

-Bienvenidos- dijo Arianis, al entrar al resguardo, nos mostró el centro de salud, un par de calles después una estación de policía, luego el cementerio y posteriormente la plaza principal de Atánquez.  Justo en ese lugar nos bajamos del vehículo y experimentamos por primera vez una seducción tan extraña que nos hizo suspirar.

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David Trujillo

Arianis nos presentó al resto d el equipo del canal. Permanecimos allí en la sede de Kankuma TV, primer canal étnico de Colombia, mientras nuestra amiga amparadora hacia las labores de hospedaje y alimentación en el resguardo por el tiempo que permaneceríamos allí. Visitar

Atánquez se convierte en  una experiencia difícil de describir, la percepción de los pensamientos es distinta, no es convencional, es una dilatación de los sentidos que hacen percibir el entorno de una forma auténtica, enérgica y saludable. Estar en ese lugar inhóspito, donde el tiempo resultaba especialmente lento, permitía percibir la magia en su atmosfera, al fondo del resguardo las montañas de la Sierra Nevada de Santa Marta, haciendo las veces de marco a la encantadora plaza.

Arianis llegó al canal con buenas noticias, nos hospedaríamos en la casa de Doña Pema, unas cuantas calles arriba de la plaza principal, pero antes hicimos el recorrido imprescindible por la calles de Atánquez hasta llegar a la casa del Señor Antonio, músico de “Los Alegres Kankuamos”, uno de los principales grupos típicos de la región. Las paredes de la casa del señor Antonio estaban revestidas de fotos y recortes de periódicos de las presentaciones de su grupo. Con orgullo nos contó su historia de músico legendario, la forma como la música invadió su mente con un lamento que nunca antes había sido escuchado y la forma como sus antepasados le enseñaron a construir la gaita original con bambú, cera de abejas y la irremplazable pluma de gallinazo.

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Fotografias Casa de Toño

Más tarde, al salir de la casa del señor Antonio y en compañía de Arianis terminamos de hacer el recorrido por el resguardo, ella nos enseñó los lugares por los cuales los danzantes de la fiesta del Corpus Chirsti bailan al son del tambores y carrizos; aquel danzante que se callera al bailar de espaldas por las hermosas calles empedradas de Atánquez pronosticará una tragedia cercana.

Nuestro camino  terminó en la plaza principal de Atánquez, el atardecer caía acompañado de una estela de brillantes colores fantásticos y enternecedores, el sonido del viento reverberaba contra el marco formado por los incontables cerros de la sierra y el reconfortante aire que chocaba contra nosotros haciendo parecer que el viento podía sentirse llegar desde cualquier dirección, susurrando murmullos extrañamente familiares y cargándonos con una placentera e inquietante energía superior.

y si algo nos queda por decir de esta aventura es agradecer A la comunidad Kankuama y el pueblo Atanquero, por ser una fuente de inspiración que nos cautivo durante 1 año con cada una de sus historias, sus paisajes y su magia. Pero ante todo por ser ejemplo inquebrantable de florecimiento antes las contrariedades del tiempo.

JENIFER PALACIOS

DAVID TRUJILLO


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